Salud mental en jaque


7,3 millones de personas en España considera que ha tenido algún problema de salud mental. Un 43% de los jóvenes entre 15 y 29 años ha experimentado sufrir una enfermedad mental.


28/11/2021 13:17 · Per Marina Giménez Costa



7,3 millones de personas en España considera que ha tenido algún problema de salud mental. Un 43% de los jóvenes entre 15 y 29 años ha experimentado sufrir una enfermedad mental. Y según la OMS sufrirá 1 de cada 4 personas a lo largo de su vida siendo esta una enfermedad que representa el 12,5% de los problemas de salud superando a las enfermedades cardiovasculares y de cáncer. Más de 300 millones de personas alrededor del mundo viven con algún problema de salud mental cifra que aumentó un 18% en los últimos años y cerca de 800.000 personas se suicidan cada año como resultado de esta. Aún así, sigue siendo un tabú hablar sobre la problemática y pedir soluciones que ayuden a las personas que la padecen el malestar de las enfermedades mentales.  

Es un malestar que ha vivido a lo largo de su vida T, actual estudiante universitario.  Él es un joven dentro del 43%, porque no son solo datos sino personas que sufren una enfermedad invisible y a veces frivolizada por la sociedad.  T padece de ansiedad desde que tiene 8 años con especiales periodos de crisis entre sus 12 y 18 años. Por esa razón se necesita hablar sobre las enfermedades mentales y hacerlas visibles en nuestra sociedad. Esto debería ser el punto de partida del que podamos avanzar y exigir una educación y atención más amplia sobre la salud mental de todos. 

T cada día al despertar le aparecen siempre las mismas dudas: ¿Tendré hoy un ataque de ansiedad?, ¿Superaré el día sin padecer malestar?. Vivir así a veces se hace inaguantable, revivir el día de la marmota a cada despertar. Fingir un “estoy bien” cada vez que te preguntan familiares y amigos para no preocuparles o no querer hablar del tema porque si no sabrán tu cruda realidad. Es agotador no solo para T sino para todas las personas que se pueden sentir identificadas con su testimonio. El mayor miedo de T es la estigmatización o incomprensión por las personas que no son de su entorno familiar o amigos, como puede ser en el sector del trabajo. Teme pensar que si algún día no puede acudir al trabajo por su enfermedad le penalicen de alguna manera, ya que aún no está normalizado no acudir a la faena por problemas mentales. Como sociedad y sobre todo las personas con puestos al mando deben ser más comprensivos y empáticos con las personas que sufren de enfermedades mentales y apoyarles en todo momento. 

La situación de T al contrario de muchas personas no empeoró con el confinamiento, él es una persona que se siente resguardada en su casa. La causa muchas veces de sus periodos de ansiedad es no poder adelantarse a los acontecimientos, la angustia del futuro y no controlar todo es su gran problema.  Su experiencia con los psicólogos siempre ha sido de la Seguridad Social y siente que durante sus episodios más graves le atendían cada dos semanas únicamente para asegurarse de qué no se suicidará no con intención de ayudarle a recuperarse. 

La seguridad social siempre ha estado en el punto de mira con su forma de tratar los problemas mentales,  Ingeborg Porcar, reconocida psicóloga, directora del centro de crisis de Barcelona y representante española en el Comité Permanente para las crisis y las Emergencias de la European Federation of Psychologists Associations, replantea la organización de nuestro sistema de salud. Piensa que “al igual que los psicólogos no están habilitados para inyectar una vacuna, los médicos de cabecera no deben atender a un paciente con enfermedad mental que la mayor parte de las veces se le asigna una medicación en lugar de enviarle a una cita con un psicólogo”. 

T fue enviado a un psicólogo por su mal estado y la preocupación del médico de cabecera que su malestar acabase en una pérdida de vida. Sin embargo, la mayor parte de las personas que sufren malestar mental se les receta medicamentos y no son curadas por ningún especialista de la salud mental. Esto es debido a una falta de personal especializado por la seguridad social y por una gran influencia de las grandes farmacéuticas a consumir sus productos. A T también le han ofrecido esa medicación, pero él se niega a consumirla, cree que no es la mejor solución a su enfermedad y tiene miedo a depender de ellas y al querer dejarla se empeore su situación. 

La doctora Porcar insiste que “además de la poca atención pública que existe no hay cursos de prevención de estas enfermedades mentales, otros países como Inglaterra están muy adelantados en cuanto a diagnosticar más de una enfermedad mental en la misma persona y automáticamente ingresarla en muchos grupos de apoyo y en programas preventivos para que la persona no empeore”. En Cataluña no es tan solo que no existan estos grupos de prevención, sino que tan siquiera se cubren las necesidades básicas de cuidado a las personas que sufren de ellas. Un ejemplo de ello son las personas que padecieron de covid en UCI y presentaron síntomas de estrés agudo y en lugar de tratarlas para que no lleguen a padecer estrés postraumático se decidió no hacer nada, lo que genera un coste mayor a la seguridad social porque aquel malestar acaba presentándose de forma física en las personas. 

T ha presenciado muchas veces el malestar físico por su salud mental, a menudo tiene episodios de dolor de barriga, dolor de cabeza y vómitos que no le dejan descansar o seguir su día con normalidad. Para él ir una vez al mes al psicólogo no lo ve suficiente y encima a veces solo es atendido durante diez minutos en los cuales él no puede resumir sus pensamientos y preocupaciones. Además, T no contempla que sus charlas con su psicólogo sean la única ayuda que necesita, a veces le gustaría estar en un grupo de apoyo para no sentirse solo con su enfermedad. Sin embargo los grupos de apoyo que existen suelen costar un precio económico porque las terapias son dirigidas por psicólogos privados.  

Aunque siempre existan sus familiares y amigos T piensa que el apoyo de ellos no es suficiente para curarse y necesita más ayudas por parte de los profesionales, que no se trate su enfermedad de una manera superflua.

El momento que más miedo pasó fue cuando una psicóloga le explicó que su problema mental puede ser para siempre y que lo único que puede hacer es aprender a vivir con él.

T cree que puede curarse, que tiene derecho a poder levantarse y no sentir miedo a la incertidumbre de tener un ataque de ansiedad y no poder controlarlo. Todo el mundo tiene el derecho a demandar una solución a sus profesionales de la sanidad pública que implique una cura a su enfermedad. T reflexiona que es injusto que se invisibilizan las enfermedades mentales con falsos optimismos baratos; toda la filosofía que existe sobre mindfulness de negar los sufrimientos y los obstáculos o infantilizar la vida con el objetivo de mercantilizar la felicidad a base de comprar objetos innecesarios. Se basa en frases vacías como “Todo irá a mejor”, “Al final de la lluvia hay siempre un arcoíris” o “Todo va a salir bien”, y pide que haya una mayor implicación de la sociedad a pedir cambios que es injusto decir que algo nos importa con nuestra falsa moralidad de luego no hacer nada para cambiarlo. 

Al igual que T, la psicóloga Porcar señala que la respuesta al conflicto es una voluntad por parte de los políticos. Una voluntad de cambiar el esquema hospitalario de la salud mental no únicamente de invertir, ya que aunque se invierta más dinero si el esquema sigue siendo el mismo  seguiremos teniendo los mismos problemas. Es obvio que esta cuestión ya no se puede evitar, hay un dilema y hay dos formas de tratarlo; eludiendo que el dilema no existe y enfrentarse a él. Porcar también señala que los jóvenes, los mayores afectados en la salud mental, deben exigir los cambios a la opinión pública y a los políticos para formar parte de la solución y de la mejora de nuestra salud mental. 

Está claro que sin una voluntad política y social no se podrán hacer la nueva restauración necesaria para adaptarnos a los nuevos tiempos de la psicología y poder situarnos a la par de muchos países europeos que ya están más avanzados en esta materia. Y mientras lo intentamos personas como T seguirán sufriendo y padeciendo que no tienen los medios necesarios para curarse. 

 


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